sábado, 24 de septiembre de 2016

3 días de mosquitos en la Reserva de Madidi (Segundo día)

Amanecí sin despertador, los demás ya se estaban preparando y tenía en mi cabeza ese ruido nocturno de hacía unas horas. 
Me refresqué con la botella de agua y me fui a desayunar. Era mi primer desayuno en la selva y la primera que comía sonsos (una masa de yuca frita con queso).
Pregunté a Axel ¡Era un búho! El misterio se había esfumado. Un pequeño animal me había espantado ¿Y era capaz de tener esos pulmones?
En una de las puertas, aparecía una batalla de guerra entre hormigas. Un suelo rojo vivo. Seguí su camino, no tenía fin. Las rojas mataban a las grandes negras y se apoderaban de sus huevos para así imponer su raza. Parecía que la historia humana se podía reflejar en esos seres diminutos. Parecía una guerra mundial nazi en toda regla.
Arrancamos a caminar al segundo campamento. Un camino de 2 horas, entre paradas, observación y sonidos que nos llevó a una llanura cerca de un pequeño río. Los mosquitos seguían haciendo de las suyas, se reían de mi repelente. Nos acompañaban los guías y la cocinera (cargada de los alimentos y utensilios para el almuerzo).
Comenzó la práctica de pesca, había que cazar pirañas. Al compañero alemán se le daba bien. Mientras la cocinera hacía fuego con leña para poder cocinar. Grabé la comunicación entre aves. 
Descansábamos mientras nuestro estómago reposaba. Y de golpe Henry, como un niño comenzó a gritar:
¡Un caimán! ¡Un caimán!
Calmé al niño emocionado, si no poco tiempo iba a durar verlo. Cogimos cámara y nos acercamos lo máximo posible. Se asomaba muy poco, sin hacer ningún movimiento. Tranquilo y sus ojos mirándonos ¿Quién me garantizaba que no se diera la vuelta y tuviera hambre? No corría peligro, el estaba más asustado. Fueron pocos los minutos que perduró en el lugar. Al otro lado de la orilla, zambulló su hocico y se esfumó sin dejar rastro. Otro animal en su hábitat salvaje que había visto. 
Bucho nos llevó a los dos de regreso al primer campamento. Llevábamos poco de camino, no muy alejados de donde partimos; cuando de repente el guía se detuvo, escuchó y mencionó mala palabra: chanchos. Había que esconderse. Animales en peligro de extinción y amenazados por el hombre para luego venderlos como chicharrón en los puestos. El animal había aprendido que eramos algo que atacar y una gran amenaza. ¿Y dónde iba a trepar? No tengo prácticamente nada de fuerza en los brazos. Entre las raíces enormes de un gran árbol, sigilosamente nos escondimos. Podía sentir mi corazón en mi cabeza, cada latido, cada bombeo de sangre por segundo. Mi cuerpo con subida de adrenalina. Con la cámara grabábamos los ruidos que hacían mientras devoraban, abajo, en el río. No podría decir el número, pero cuatro, no eran.
Si hubiera sido por mi sordera, era innegable que ya hubiera sido atacada por el santo animal. 
Bucho nos hizo el aviso, ya se habían ido, buscamos de nuevo el camino. Oía otro grupo por otro lado, pero no nos alcanzaba. Mi corazón aún tenía el pulso acelerado - mezcla de emoción, miedo y coraje - mientras avanzamos por el mismo camino. El rastro olfativo que dejaban, era muy evidente. Un olor agrio de orín, si lo tengo que describir. Instante que puedo volver a revivir en mi memoria.
Llegando le contamos al resto. Ellos ya estarían acostumbrados, yo no. Nuevos turistas llegaron, entre ellos un simpático viajero israelí. Tarde de oruga con pinta de peluche (la apariencia engaña), insectos con patas coloridas y momentos arácnidos de envueltos de presa fresca.


Bajo la luna, casi llena, fotografiamos y filmamos la selva nocturna. Con velas o linternas que hacían un romántico ambiente... a pesar de las dichosas picadas de mosquito.



3 días de mosquitos en la Reserva de Madidi (Segundo día)

Amanecí sin despertador, los demás ya se estaban preparando y tenía en mi cabeza ese ruido nocturno de hacía unas horas. 
Me refresqué con la botella de agua y me fui a desayunar. Era mi primer desayuno en la selva y la primera que comía sonsos (una masa de yuca frita con queso).
Pregunté a Axel ¡Era un búho! El misterio se había esfumado. Un pequeño animal me había espantado ¿Y era capaz de tener esos pulmones?
En una de las puertas, aparecía una batalla de guerra entre hormigas. Un suelo rojo vivo. Seguí su camino, no tenía fin. Las rojas mataban a las grandes negras y se apoderaban de sus huevos para así imponer su raza. Parecía que la historia humana se podía reflejar en esos seres diminutos. Parecía una guerra mundial nazi en toda regla.
Arrancamos a caminar al segundo campamento. Un camino de 2 horas, entre paradas, observación y sonidos que nos llevó a una llanura cerca de un pequeño río. Los mosquitos seguían haciendo de las suyas, se reían de mi repelente. Nos acompañaban los guías y la cocinera (cargada de los alimentos y utensilios para el almuerzo).
Comenzó la práctica de pesca, había que cazar pirañas. Al compañero alemán se le daba bien. Mientras la cocinera hacía fuego con leña para poder cocinar. Grabé la comunicación entre aves. 
Descansábamos mientras nuestro estómago reposaba. Y de golpe Henry, como un niño comenzó a gritar:
¡Un caimán! ¡Un caimán!
Calmé al niño emocionado, si no poco tiempo iba a durar verlo. Cogimos cámara y nos acercamos lo máximo posible. Se asomaba muy poco, sin hacer ningún movimiento. Tranquilo y sus ojos mirándonos ¿Quién me garantizaba que no se diera la vuelta y tuviera hambre? No corría peligro, el estaba más asustado. Fueron pocos los minutos que perduró en el lugar. Al otro lado de la orilla, zambulló su hocico y se esfumó sin dejar rastro. Otro animal en su hábitat salvaje que había visto. 
Bucho nos llevó a los dos de regreso al primer campamento. Llevábamos poco de camino, no muy alejados de donde partimos; cuando de repente el guía se detuvo, escuchó y mencionó mala palabra: chanchos. Había que esconderse. Animales en peligro de extinción y amenazados por el hombre para luego venderlos como chicharrón en los puestos. El animal había aprendido que eramos algo que atacar y una gran amenaza. ¿Y dónde iba a trepar? No tengo prácticamente nada de fuerza en los brazos. Entre las raíces enormes de un gran árbol, sigilosamente nos escondimos. Podía sentir mi corazón en mi cabeza, cada latido, cada bombeo de sangre por segundo. Mi cuerpo con subida de adrenalina. Con la cámara grabábamos los ruidos que hacían mientras devoraban, abajo, en el río. No podría decir el número, pero cuatro, no eran.
Si hubiera sido por mi sordera, era innegable que ya hubiera sido atacada por el santo animal. 
Bucho nos hizo el aviso, ya se habían ido, buscamos de nuevo el camino. Oía otro grupo por otro lado, pero no nos alcanzaba. Mi corazón aún tenía el pulso acelerado - mezcla de emoción, miedo y coraje - mientras avanzamos por el mismo camino. El rastro olfativo que dejaban, era muy evidente. Un olor agrio de orín, si lo tengo que describir. Instante que puedo volver a revivir en mi memoria.
Llegando le contamos al resto. Ellos ya estarían acostumbrados, yo no. Nuevos turistas llegaron, entre ellos un simpático viajero israelí. Tarde de oruga con pinta de peluche (la apariencia engaña), insectos con patas coloridas y momentos arácnidos de envueltos de presa fresca.


Bajo la luna, casi llena, fotografiamos y filmamos la selva nocturna. Con velas o linternas que hacían un romántico ambiente... a pesar de las dichosas picadas de mosquito.



3 días de mosquitos en la Reserva de Madidi (Segundo día)

Amanecí sin despertador, los demás ya se estaban preparando y tenía en mi cabeza ese ruido nocturno de hacía unas horas. 
Me refresqué con la botella de agua y me fui a desayunar. Era mi primer desayuno en la selva y la primera que comía sonsos (una masa de yuca frita con queso).
Pregunté a Axel ¡Era un búho! El misterio se había esfumado. Un pequeño animal me había espantado ¿Y era capaz de tener esos pulmones?
En una de las puertas, aparecía una batalla de guerra entre hormigas. Un suelo rojo vivo. Seguí su camino, no tenía fin. Las rojas mataban a las grandes negras y se apoderaban de sus huevos para así imponer su raza. Parecía que la historia humana se podía reflejar en esos seres diminutos. Parecía una guerra mundial nazi en toda regla.
Arrancamos a caminar al segundo campamento. Un camino de 2 horas, entre paradas, observación y sonidos que nos llevó a una llanura cerca de un pequeño río. Los mosquitos seguían haciendo de las suyas, se reían de mi repelente. Nos acompañaban los guías y la cocinera (cargada de los alimentos y utensilios para el almuerzo).
Comenzó la práctica de pesca, había que cazar pirañas. Al compañero alemán se le daba bien. Mientras la cocinera hacía fuego con leña para poder cocinar. Grabé la comunicación entre aves. 
Descansábamos mientras nuestro estómago reposaba. Y de golpe Henry, como un niño comenzó a gritar:
¡Un caimán! ¡Un caimán!
Calmé al niño emocionado, si no poco tiempo iba a durar verlo. Cogimos cámara y nos acercamos lo máximo posible. Se asomaba muy poco, sin hacer ningún movimiento. Tranquilo y sus ojos mirándonos ¿Quién me garantizaba que no se diera la vuelta y tuviera hambre? No corría peligro, el estaba más asustado. Fueron pocos los minutos que perduró en el lugar. Al otro lado de la orilla, zambulló su hocico y se esfumó sin dejar rastro. Otro animal en su hábitat salvaje que había visto. 
Bucho nos llevó a los dos de regreso al primer campamento. Llevábamos poco de camino, no muy alejados de donde partimos; cuando de repente el guía se detuvo, escuchó y mencionó mala palabra: chanchos. Había que esconderse. Animales en peligro de extinción y amenazados por el hombre para luego venderlos como chicharrón en los puestos. El animal había aprendido que eramos algo que atacar y una gran amenaza. ¿Y dónde iba a trepar? No tengo prácticamente nada de fuerza en los brazos. Entre las raíces enormes de un gran árbol, sigilosamente nos escondimos. Podía sentir mi corazón en mi cabeza, cada latido, cada bombeo de sangre por segundo. Mi cuerpo con subida de adrenalina. Con la cámara grabábamos los ruidos que hacían mientras devoraban, abajo, en el río. No podría decir el número, pero cuatro, no eran.
Si hubiera sido por mi sordera, era innegable que ya hubiera sido atacada por el santo animal. 
Bucho nos hizo el aviso, ya se habían ido, buscamos de nuevo el camino. Oía otro grupo por otro lado, pero no nos alcanzaba. Mi corazón aún tenía el pulso acelerado - mezcla de emoción, miedo y coraje - mientras avanzamos por el mismo camino. El rastro olfativo que dejaban, era muy evidente. Un olor agrio de orín, si lo tengo que describir. Instante que puedo volver a revivir en mi memoria.
Llegando le contamos al resto. Ellos ya estarían acostumbrados, yo no. Nuevos turistas llegaron, entre ellos un simpático viajero israelí. Tarde de oruga con pinta de peluche (la apariencia engaña), insectos con patas coloridas y momentos arácnidos de envueltos de presa fresca.

Bajo la luna, casi llena, fotografiamos y filmamos la selva nocturna. Con velas o linternas que hacían un romántico ambiente... a pesar de las dichosas picadas de mosquito.



martes, 30 de agosto de 2016

3 días de mosquitos en la Reserva de Madidi (Primer día)

Preparados con mochila grande medio vacía, nos acercamos a la agencia. El día había amanecido nublado pero eso no quitaba mis ganas de conocerla por fin. Había llegado el día de meter los pies de lleno en la seductora selva. Leonord y Lupe nos acompañaron. Subimos a una embarcación, recogimos seis largos troncos entre los cuatro mayores a fuerza bruta (me ensucié sólo empezar) e iniciamos el recorrido por el Río Beni. No queríamos perdernos nada y hacer un buen trabajo, por lo que el disparo de fotos era sucesivo. Ya era 9 de mayo.

Pasamos la entrada e hicimos las gestiones para entrar sin problemas en la reserva.
Recogimos a una señora de una comunidad y la dejamos en ella antes de que finalizáramos el trayecto. El aire frío golpeaba en la cara. La velocidad y la falta de sol hacían que me abrigara con la chaqueta impermeable. El estrecho del Bala, anunciaba la aproximación del destino y la finalización de tres horas por un amplio río donde no se veía que había debajo.
La lluvia arrastraba barro y debían pasar días para poderla con más claridad. Leonord abrazaba a su hija dormida para calmar su frío.
Llegamos al campamento de Escorpion Travels, allí ya había un grupo, nos reencontramos con Edu, Silvia, Manu y Don Silverio. Algunos guías ya los conocíamos. Nos presentaron al resto, a las cocineras y Axel, el administrador del lugar. Dejamos nuestro equipaje. Investigamos un poquito la zona, sin adentrarnos solos. Dos perritos cariñosos residenciaban allí. Ellos habían atraído más de una vez al yaguar. Era una presa interesante para ellos.

Después de un gustoso almuerzo y un sosiego para el estómago, comenzamos a caminar con el grupo. Dos guías nos acompañaron, Tomba y Bucho. Ambos sabían de que hablaba. El primero tenía el privilegio de años de sabiduría de medicinal natural y la suerte de haber pisado el Alto Madidi. El prestigioso lugar dónde debes estar preparado para todo, para caminar en la verdadera selva, dónde los animales no saben mucho del ser humano y caminan a sus anchas. Dónde es más casual el encuentro con un yaguar. El segundo, también sabía de plantas y era de una comunidad de la zona de San Miguel (no recuerdo el nombre), su esposa era la cocinera. Gente muy humilde y amable.

En la zona de turistas, dónde nosotros habitábamos, la posibilidad de ver un yaguar era más difícil. Todo era cuestión de azar. Los insectos de la selva se dejaban ver con facilidad. Mi curiosidad y las ganas de no perderme detalle hacían que preguntará cada dos por tres, eso me salvaba de no tocar lo que no debía. Porque la jungla tiene doble cara, el veneno y el antídoto; lo hermoso y lo más cruel. 
Los mosquitos estrenaron las zonas descubiertas, mis manos. Picaba horrores. El estrecho camino marcado estaba rodeado de árboles de grandes metros, en sus copas posaban y cantaban las aves. Difícil de alcanzar con la vista. Se apreciaban a contraluz cuando volaban. 
A medida que seguimos por los caminos marcados, se nos llenaba de conocimientos. De una planta extraían las propiedades para las conocidas pastillas llamadas viagra. Otra podía caminar unos cuatro metros para hallar el sol mediante sus patas-raíces puntiagudas. Las raíces de una planta servía para los bronquios al respirarlas fuertemente. 
Nos separamos del grupo junto a Bucho e hicimos otro recorrido. Conocimos al gran árbol. Nos contó más. Hongos (setas) no comestibles. Algunos al ser golpeados desprendían un polvo que podía ser alucinógeno. Frutos anaranjados picoteados por los insectos y aves cubrían el marrón suelo.
Alguna araña bien inusual alertaba, con sus pigmentaciones en su piel, de que no debía ser tocada. Un tronco roto en medio de un río, finalizaba el recorrido ; lo pasábamos con cautela, era resbaladizo (si no hubiera tenido las botas de aguas, hubiera patinado seguro).

Llegamos antes que el grupo, aún no había anochecido. Charlamos mientras los ruidos cambiaban y bromeábamos entre cafés, en la pequeña cocina al aire libre. Oscureció, llegaron los chicos del grupo con linternas. Nosotros con un bote, bajo la luz de la luna, buscamos lagartos al otro lado de la orilla, junto con Silverio y Axel. Embarcamos de noche. Apreciamos alguna pisada de tapir y algún pequeño lagarto, que se inmovilizaba al ser alumbrado con luz artificial. Se podían apreciar sus ojos brillantes amarillentos. Aprovechaban para escabullirse cuando no eran vistos. Eran sigilosos. Los ruidos de los sapos y ranas eran descomunales.

Ya dormían los compañeros cuando regresamos. Bajo la luz lunar y los sonidos  comunicativos - y reconocidos- de los animales (forasteros para mí), me puse a dormir bajo la mosquitera. La luz de las velas blancas era nuestra única electricidad. 

Desperté pasada la medianoche, necesitaba ir al baño. No había luz y los lavabos estaban a unos metros del campamento. Daba respeto, todo a oscuras y bajo los ruidos desconocidos. Sentía un poco de pánico, pero no podía aguantar. Cogí el celular para alumbrar a lo lejos. Sacudí las botas para luego colocármelas. No quería alejarme. De repente, oí un gran grito y veía luces en la zona de guías turísticos. Se apagaron las luces, pero siguió ese ruido. Parecía un grito medio humano, con sonido grave y seco. Me asusté. Desperté a Henry, y me acompañó. No volví a escucharlo y me recosté. 
Cerré los ojos ¿Que había sido? Mañana (como no) preguntaría... 

domingo, 21 de agosto de 2016

La estrechez de manos que cambio la suerte en Rurre

Despertaba con los rayos de luz que se filtraba por las brechas de los tablones de color verde-azul que formaban la habitación, bajo una mosquitera notaba en la piel la humedad de la selva. En un residencial ¿Que hora era? Había que salir a explorar. Tenía hambre y era domingo de mercado.
Contenta de estar allí, paseábamos por las pequeñas paradas de ropa, artilugios, frutas o productos de la famosa baba de caracol. Puestos de comida llenos de porteños. Fotografiaba el horizonte, donde quería llegar; a lo fresco para mí, en donde nunca había estado.

Comía sopa de maní y chicharrón acompañado de plátano asado en un pequeño local, mientras decidíamos como encaminar nuestro proyecto. Como íbamos a trabajar y conocer la Reserva Madidi y mis ansiados delfines rosados (bufeos). Nos topábamos frente la duda. Nos encontrábamos bajo la suerte.
Aspirábamos a no tener la misma fortuna que en La Paz y el semejante azar que en Coroico. Lo intentamos en varias agencias, eran "no" o un "vuelvan más tarde". Esa misma tarde, una agencia nos brindó la oportunidad. Tras una gran conversación y propuestas, una estrechez de manos con la sonrisa de oreja a oreja cerraba el trato con Silverio. Un hombre que junto su familia, confió en nosotros. El lunes sería confirmado, pero había muchos puntos, había mucho interés.

Lo que en un 8 de mayo se creía que sería una breve estancia se convirtió en una ampliación en el pasaporte de 30 días más en Bolivia. Teníamos abundante trabajo por delante de búsqueda, acontecimientos, eventos, novedades, relaciones y exploraciones.


Ya podíamos estar tranquilos, sentados frente el río, curioseábamos la familia llena de niños  que dormían bajo un toldo sujetado con unos palos delante del río, envueltos de escombros y basura. Barcos que cruzaban a la otro lado de la orilla, a San Buenaventura. Otros transportaban camiones. Algunos llegaban cargados de bananas u otras frutas, combustibles o maderas.  

Sentados mientras se ponía el sol que nos daba la primera de las muchas buenas noches que nos vendrían. Cautivados con sus colores fuertes reflejados en el agua, esperando ver la bola brillante nocturna.




Ignorantes de lo que nos marcaría la gran familia en nuestro corazón. Ignorantes de las alegrías que nos ofrecería Rurrenabaque.



jueves, 4 de agosto de 2016

A las puertas del sueño selvático

Revivo en mis recuerdos esos días que trazaba mi ruta en una impresión donde se podía apreciar el mapa que me llevaría a mi utopía sudamericana. Y me doy cuenta, que el paso del tiempo, mi fe y la lucha hacen que se hayan convertido en realidad. No pretendía salir de ese continente ansiado sin consumar mis sueños.

A fecha de hoy, 4 de agosto de 2016, algunos de ellos se han realizado, otros están por llegar. Percatarme de que pueden más la intuición, las ilusiones y la perseverancia, que los actos fallidos y los días de incertidumbres; y alcanzar lo que uno se propone. A pesar de que haya momentos en que la vida te pone a prueba, y coloca esas pequeñas trabas que hagan dudar. Me percato de que la vida te sonríe y te da lo que un día tanto imaginaste (y mejor).

Era un, 17 de mayo, salimos con incertidumbre y con la mochila cargada de ilusiones. Bolivia, nos había recibido cálidamente y seguimos con las mismas ganas de seguir en nuestro proyecto. Nos despedimos con tristeza y partimos al sueño. Un colectivo taxi, que a tramos circulaba por la izquierda -haciéndome dudar de las reglas de tráfico conocidas- nos conducía por paisajes selváticos.
Llegamos a Caranavi, la primera parada, lugar de paso que nos dio unas cuantas horas. Donde conocí el copoazú, un cementerio con una bestial frase. Lugar de "ahoritas", que hacen la espera más intranquila y se convierten en 3 horas de ella.

Subidos en un autobús lleno de aldeanos, la oscuridad y un camino estrecho, de polvo, barrancos y baches nos llevaba a Rurrenabaque, a la selva boliviana. Un trayecto saciado de adrenalina, miedos, ruidos, sueños interrumpidos y corazones contraídos; no era el famoso "Camino de la Muerte", pero no le tenía nada que envidiar. 
Caminos donde almas viajeras depositan toda la confianza a un individuo desconocido. 

Tras 8 horas, aterrizamos en el pueblo, con noche lloviosa, sin saber donde dormir (necesitábamos descansar). Esperamos a las 6 de la mañana -antes es precio nocturno, el doble- para coger una moto-taxi que nos lleve a un hospedaje, después de algunas recomendaciones. 

Después de malas horas (más para él que para mí), estaba a las puertas del anhelado lugar...