domingo, 21 de agosto de 2016

La estrechez de manos que cambio la suerte en Rurre

Despertaba con los rayos de luz que se filtraba por las brechas de los tablones de color verde-azul que formaban la habitación, bajo una mosquitera notaba en la piel la humedad de la selva. En un residencial ¿Que hora era? Había que salir a explorar. Tenía hambre y era domingo de mercado.
Contenta de estar allí, paseábamos por las pequeñas paradas de ropa, artilugios, frutas o productos de la famosa baba de caracol. Puestos de comida llenos de porteños. Fotografiaba el horizonte, donde quería llegar; a lo fresco para mí, en donde nunca había estado.

Comía sopa de maní y chicharrón acompañado de plátano asado en un pequeño local, mientras decidíamos como encaminar nuestro proyecto. Como íbamos a trabajar y conocer la Reserva Madidi y mis ansiados delfines rosados (bufeos). Nos topábamos frente la duda. Nos encontrábamos bajo la suerte.
Aspirábamos a no tener la misma fortuna que en La Paz y el semejante azar que en Coroico. Lo intentamos en varias agencias, eran "no" o un "vuelvan más tarde". Esa misma tarde, una agencia nos brindó la oportunidad. Tras una gran conversación y propuestas, una estrechez de manos con la sonrisa de oreja a oreja cerraba el trato con Silverio. Un hombre que junto su familia, confió en nosotros. El lunes sería confirmado, pero había muchos puntos, había mucho interés.

Lo que en un 8 de mayo se creía que sería una breve estancia se convirtió en una ampliación en el pasaporte de 30 días más en Bolivia. Teníamos abundante trabajo por delante de búsqueda, acontecimientos, eventos, novedades, relaciones y exploraciones.


Ya podíamos estar tranquilos, sentados frente el río, curioseábamos la familia llena de niños  que dormían bajo un toldo sujetado con unos palos delante del río, envueltos de escombros y basura. Barcos que cruzaban a la otro lado de la orilla, a San Buenaventura. Otros transportaban camiones. Algunos llegaban cargados de bananas u otras frutas, combustibles o maderas.  

Sentados mientras se ponía el sol que nos daba la primera de las muchas buenas noches que nos vendrían. Cautivados con sus colores fuertes reflejados en el agua, esperando ver la bola brillante nocturna.




Ignorantes de lo que nos marcaría la gran familia en nuestro corazón. Ignorantes de las alegrías que nos ofrecería Rurrenabaque.



jueves, 4 de agosto de 2016

A las puertas del sueño selvático

Revivo en mis recuerdos esos días que trazaba mi ruta en una impresión donde se podía apreciar el mapa que me llevaría a mi utopía sudamericana. Y me doy cuenta, que el paso del tiempo, mi fe y la lucha hacen que se hayan convertido en realidad. No pretendía salir de ese continente ansiado sin consumar mis sueños.

A fecha de hoy, 4 de agosto de 2016, algunos de ellos se han realizado, otros están por llegar. Percatarme de que pueden más la intuición, las ilusiones y la perseverancia, que los actos fallidos y los días de incertidumbres; y alcanzar lo que uno se propone. A pesar de que haya momentos en que la vida te pone a prueba, y coloca esas pequeñas trabas que hagan dudar. Me percato de que la vida te sonríe y te da lo que un día tanto imaginaste (y mejor).

Era un, 17 de mayo, salimos con incertidumbre y con la mochila cargada de ilusiones. Bolivia, nos había recibido cálidamente y seguimos con las mismas ganas de seguir en nuestro proyecto. Nos despedimos con tristeza y partimos al sueño. Un colectivo taxi, que a tramos circulaba por la izquierda -haciéndome dudar de las reglas de tráfico conocidas- nos conducía por paisajes selváticos.
Llegamos a Caranavi, la primera parada, lugar de paso que nos dio unas cuantas horas. Donde conocí el copoazú, un cementerio con una bestial frase. Lugar de "ahoritas", que hacen la espera más intranquila y se convierten en 3 horas de ella.

Subidos en un autobús lleno de aldeanos, la oscuridad y un camino estrecho, de polvo, barrancos y baches nos llevaba a Rurrenabaque, a la selva boliviana. Un trayecto saciado de adrenalina, miedos, ruidos, sueños interrumpidos y corazones contraídos; no era el famoso "Camino de la Muerte", pero no le tenía nada que envidiar. 
Caminos donde almas viajeras depositan toda la confianza a un individuo desconocido. 

Tras 8 horas, aterrizamos en el pueblo, con noche lloviosa, sin saber donde dormir (necesitábamos descansar). Esperamos a las 6 de la mañana -antes es precio nocturno, el doble- para coger una moto-taxi que nos lleve a un hospedaje, después de algunas recomendaciones. 

Después de malas horas (más para él que para mí), estaba a las puertas del anhelado lugar...

domingo, 10 de julio de 2016

Coroico, a las puertas de la selva amazónica boliviana

Los días se nos hacían cortos y se acumulaban las ganas de quedarse "un día más". Fue una decisión que nos generó muchas alegrías , despedidas, conocimientos y aprendizajes, conocer gente asombrosa y viajera, compartir risas hasta doler la mandíbula o un plato de comida. Un 07 de mayo nos marchábamos de un lugar que marcó en nuestra ruta del mapa, un punto obligatorio a recordar. Un lugar que nos trajo las buenas vibras y energías de personas extraordinarias.


Caminos para hallar las Tercera Cascada y nos gustó más el paisaje, que la propia cascada. Ver alrededores de Coroico y el pueblo en lo alto era hermoso. Más de un colibrí se libró de ser plasmado en mi cámara. Disfruté de un festival afro-boliviano con mujeres bien alegres y hombres que tocaban llenos de sonrisas y buen karma. Ahí probamos un licor artesanal, que me lo acababa bebiendo sola. Degusté pizzas y pan casero recién salido de un horno de barro.
Admiré las estrellas y su vía láctea. Compartí momentos de charlas nocturnas, de mateadas argentinas, de cachaza, de reuniones musicales y acróbatas y bailoteos. Aprendí macramé con profesora viajera de Francia. Probé un rico humus con refresco de citronella en un precioso hogar ¡ Pude grabar el colibrí! Aprecié el nacimiento de una mariposa.
Dejé a medio hacer una mandala. Observé como hacer un atrapasueños. Vi a una cholita fumar. Música, baile y dulces hindúes en medio de las calles. Cocinaba por fin más verduras y hortalizas. Hice creps. Celebramos el cumpleaños de una preciada persona, Ana (dicen que nos separaron al nacer, la llaman mi gemela). Encuentros en el punto menos pensado.


Dos anécdotas que quiero dejar grabadas...

La primera vez que hice dedo.
Regresábamos de la Tercera Cascada, el día se estaba apagando y decidimos coger vehículo. Había que probar. Saqué mi primer pulgar, a la primera camioneta, primer vehículo que vimos. Paró. No me lo podía creer... ¡Qué fácil! Subimos detrás, sin preguntar ni ser preguntados. Unos hombres dentro. Sabía el camino de vuelta y estaba orientada, por lo que si se desviaba, daría un golpe para que parará. Él confiaba en mí. Una ruta rápida , con un poco de aire fresco y polvo. En poco tiempo nos llevaron hasta la plaza de Coroico. Dimos las gracias y muy amable nos estrecharon la mano. ¿Quién dice que en Bolivia es complicado hacer dedo?


Y la sorpresa del destino.
Un día paseando cerca de la plaza, indicamos a unos chicos algún hostal y y le recomendamos donde estábamos nosotros. Henry le vio la guitarra.
- ¿Tocas la guitarra?
- Si – dijo el chico.
- Yo toco la melódica, podemos tocar algo luego – dijo Henry. - De aquí un rato en la plaza.
- Dale.
Nos despedimos y seguimos. No hubo encuentro musical.
Al día siguiente, en la casa de interné, intentando hablar con mi familia, miré el inicio de facebook, y vi una foto de Sabrina y Agus... ¡ Eran ellos!
Le escribí de inmediato a Sabrina y quedamos en la plaza. Era emocionante conocer alguien en persona después de sólo escribirse por una red social.
Tomamos unas paceñas en un bar, había mucho que contar y explicar nuestras historias...

Dicen que hay un destino, el destino de encontrarse a personas , que somos pura energía, que estamos en conexión. ¡Y lo pudimos comprobar! Sabrina y Agus sólo los conocíamos a través de unos buenos amigos. Ella, Sabrina, se puso en contacto conmigo para que le recomendara lugares de Perú. Por lo que sólo le conocía a través de la pantalla. Y es un gusto conocerlos en persona.

... dos anécdotas que serán difícil de olvidar.

Una experiencia en el lugar que me ha hecho meditar y analizar más la vida. A ser más intuitiva, improvisada y a creer más en las energías.



martes, 28 de junio de 2016

El Hostal Celestina, no sólo un hospedaje, una familia

 Martín y Ana acogen, ayudan y te tratan como si fueras de su familia. Personas queridas por los que llegan y se van. Un lugar donde puedes recoger mandarinas y plátanos. Amplias habitaciones (privada para parejas) y sala de estar. 


Agua caliente. Debajo del umbral de estrellas en la tranquila noche en una espaciosa terraza. Un grande comedor para bailar, entretenerte con juegos de mesa y ajedrez, dónde las notas de los viajeros dejan huella. Con un jardín para estirarte sin molestar, piscina con cervezas frescas y muchos metros cuadrados de selva.

Sin necesidad de WIFi para poder gozar de la paz y las vistas que ofrece. Con horno de barro dónde las pizzas y el pan casero salen recién hechos. Dónde interactuar con las personas y la naturaleza son prioridad. Un lugar que las personas desean regresar y les cuesta marcharse. Dónde lo que importa son las personas .

En la Celestina el buen ambiente , compartir y el respeto es fundamental . Puedes llegar a aprender de otros viajeros artesanías, cocina o lo que se te ocurra. Interactuar es primordial.
Envuelta de caminos para descubrir Coroico y sus alrededores. Sus ríos y comer una rica empanada de queso recién hecha a pocos metros del hostal.
A un precio muy asequible para cualquier mochilero y lo que todos buscamos... ¡Tiene cocina!


Porque su lema, es :
“Lo importante no es que vengan, es que vuelvan”.







El vídeo que te dejo creo que habla por si sólo.

P.D: Te recomiendo una semana mínimo aquí. Seguro que no te querrás marchar...

A un kilómetro y medio de la plaza de Coroico, contacta con ellos:
Móvil: (+591) 75885304 - (+591) 78947139 (whatsapp)
fielder_martin@yahoo.com.ar
https://www.facebook.com/celestinahostal/?fref=ts

martes, 14 de junio de 2016

Una decisión acertada

Empacando de nuevo. 27 de abril. Domingo. Sabíamos dónde íbamos, pero no como partir para el lugar. Una combi nos llevo hasta la Terminal. Tres horas de viaje.

En el autocar, una señora iba a enterrar a sus tíos a su pueblo, detrás de Coroico. Un joven bebido había caído y sus familiares habían muerto. Ella iba a coger la misma ruta. Iba con su hijita.
Entre montañas y niebla seguía nuestra ruta. Cerca de Las Yungas. La carretera de la Muerte, se podía ver. Ciclistas bajaban de ella. Yolosita era la primera parada. Nos quedamos solos con la señora y su niña. El calor se notaba, las capas de ropa era necesario sacar.

Llegamos al pueblo, en lo alto de un sendero, su entorno es deslumbrante. Nos despedimos. Otra vez tocaba buscar hospedaje. Apareció de la nada de nuestras espaldas, Martín, un loco argentino. Conocimos a Sophi y Lucho. Nos recomendaron un hostal. Nos invitaron a una cena allí. Fuimos en su busca, pero al no saber seguro su distancia y después de mucho preguntar. Decidimos buscar otro, cerca de la plaza. 
Paramos a la tarde, para contemplar la vista del pueblo desde un camino apartado. El reencuentro con Lucho, un buen chico colombiano y una larga conversación nos convenció de llegar al día siguiente al hostal. Estábamos cerca del Hostal La Celestina.

El día comenzó a ponerse nublado. Comenzó a llover. Hacía tiempo que no llovía y no era época ¡El tiempo está loco! Decidimos a hacer la cena íntima. Y mañana buscar el alojamiento.

El paisaje no tenía desperdicio. La entrada ya nos gustaba mucho. Piscina, un precioso edificio, un jardín bien amplio… Perros ladrando. Aparece un hombre con apariencia bien gringa, rubio y con ojos azules. Pregunto si es el dueño. Cuando pronuncia sus primeras palabras, lo de gringo se queda atrás. Argentino, Martín. Nos presenta a su pareja, Ana, boliviana pero desde pequeña reside en Argentina. Se le nota en el acento. Una pareja bien agradable y que ahora son apreciadas personas.

Definitivamente nos quedamos aquí. Comenzamos a conocer los chicos. Mates entre argentinos por la tarde. Perú y España se incorporaban. Comprar en el pueblo y cocinar en el hostal era la mejor manera de comer en Coroico, barato.


Una semana en este acogedor lugar. Cerré los ojos con la sensación de que habíamos acertado. Tenía la intuición de que nos iban a esperar bonitos momentos… No me equivoqué…


viernes, 10 de junio de 2016

Huyendo de la noche paceña


Llegamos a la Paz, unas calles llenas de gente humilde y miles de puestos con su cartel de almuerzo, cholitas cargadas con sus bebés. Y de repente, se abre un enorme valle, lleno de edificios y a su alrededor picos de montañas nevadas. Era hermoso, gigantesco. No creía que la ciudad estuviera en un bonito lugar, me recordaba la llegada a la ciudad cuzqueña.
  • Jefe, ¿eso es La Paz?- pregunté al conductor.
  • Si.
Henry y yo seguíamos asombrados de su magnitud, mientras el vehículo bajaba en zigui-zaga ¿Paraba cerca del centro? En el cementerio ¿Y dónde esta el cementerio? Sería cuestión de investigar y preguntar como antaño se hacía. Un teleférico en una ciudad boliviano, ni se me había pasado por la cabeza que existiera en este país.
Bajamos enfrente de un mercado. Había que comer. Nuestro primer almuerzo boliviano. Una sopa típica, Jakonta ¡ El pan estaba buenísimo! Con panza contenta cargamos mochila en busca de un lugar donde dormir. Bajaba y bajaba la calle, mercado llenos de ropas y mamis vendiendo, pocos turistas. No nos convencía ningún lugar, caro a nuestro parecer. Después de subir escaleras en cada hospedaje, de alternar uno tú… uno yo. Encontramos lugar para pasar la noche.

Paseamos las calles paceñas, mercados, gente en circulo observando una actuación, miles de comercios en el centro, obras que ralentizaban el tráfico. Él nunca había subido a un teleférico. Había que subir. Sorprendía que fuera un transporte público muy asequible. La vista mientras ascendíamos, era asombrosa. Llegamos al Alto, a 4095 metros de altura. Un barrio bien humilde donde las cholitas sentadas en las puertas de la entrada de sus casas y al costado un pequeño humo que salí de cuatro leñas quemando ¿Qué era eso? No lo supimos hasta pasado unos días.
Daba un poco de respeto pasar por ahí, donde un hombre atípico tenía los labios pintados de carmín rosado, un grupo de jóvenes jugando al fútbol y tenía su público, mamitas vendiendo refresco de alguna fruta y una pintoresca iglesia que desencajaba de la zona. En cierto momento, no podía dejar de pensar en mi cámara, en mi mayor. Mi temor de perderla y después darme cuenta que también prejuzgo.
No mucho por ver, decidimos regresar. En la bajada veo Graffitis (también adicta a captarlos en mis fotos. Un vagón abandonado y graffiteado, eran “lo máximo” (como dicen los limeños). Viene una vigilante de seguridad. Estaba prohibido… No lo entendí. ¿Mala imagen? No saben lo que es arte. Acabamos charlando un rato e incluso había otra más al grupo. Preguntamos cómo llegar a alejarnos del frío.


Esperábamos una respuesta. Debíamos pensar que hacer mañana ¿Seguir aquí o emigrar, como las aves, hacia el calor? ¿O seguir la ruta? Arriesgarnos a subir hacia la selva para encontrar trabajo ¿Nos arriesgamos? Había que tomar una decisión rápido. No teníamos mucho tiempo para estar malgastando el dinero. Decidimos llegar a otro punto más caluroso y no muy lejos de La Paz, por si había que rectificar y tirar para atrás.

Algo caliente para calmar el frío de las manos que ya se comenzaba a notar al oscurecer, la noche en pleno centro era un mejunje de personas, que me hacían recordar Las Ramblas de la ciudad barcelonesa. Un Min Pao, nada boliviano y algo nuevo para mí. Delicioso.

Con el frío calándose en el cuerpo, decidimos regresar a nuestro cobijo.
Mañana otro punto ¿Me pierdo el Valle de la Luna? A ver... Quizás tenga tiempo.


Queda en el recuerdo el trayecto hasta llegar a La Paz:


miércoles, 25 de mayo de 2016

Y por fin... ¡Bolivia!

Ya era de noche cuando llegamos a Desaguadero, el lugar fronterizo peruano que me iba a decir "hasta luego". Sinceramente, la anterior vez que cruce frontera no sabía si era aquí, pero cuando vi el lugar no tenía nada que ver al bonito paisaje por el que pasé ¡Definitivamente no era Desaguadero mi anterior vez!
Buscamos entre montones de hospedajes, había que buscar algo económico. Después de un buen rato ¡Lo encontramos! No era una maravilla, pero el bueno, bonito y barato pocas veces aparece.
La noche era helada y la zona no era que digamos un lugar acogedor. 
Amanecimos en domingo, 24 de abril, con el agua que te enrojecía las manos de lo helada que estaba. Preparamos todo y nos dirigimos a migraciones ¡Sorpresa! Una noche más nos tocaba estar, mis trámites tenía que hacerlos el lunes, debía pagar multa y sólo se podía hacer en el banco.
Aprovechamos para tomar un jugo, pasear por sus descuidadas calles y para ver el lago. Pobre lago. Lleno de basura. Para denunciarlo. Henry lo ha hecho. 
La comida no es nada buena, le falta sabor. Para comer rico debes pagar un poco más. 

Al fin era lunes, ansiaba cruzar frontera, ver nuevos parajes y sentirme en camino. Después de ser muy bien atendida por las autoridades y hacer mil gestiones, por fin, y ahora si, podía entrar a Bolivia.
- Y señorita, ¿cuál es el motivo por el que ha estado tanto tiempo?
- Por amor, la culpa la tiene él (le señalé)
El hombre se rió...
Pasamos el puente que separaba los dos países. Una pequeña caseta. De nuevo papeles. Fue breve y rápido. Sólo 30 días (es lo que dan en migraciones en frontera). Jugo de celebración y combi que nos lleve a La Paz.